¿La soledad? La soledad… Qué temazo.

La cantidad de gente que se siente sola hoy es la más alta de la historia. Es la gran paradoja moderna: a mayor conectividad y posibilidades, más se expande esta epidemia. Esto dicen los estudios de ciencia y psicología. 

Este tema ocupa mi vida diaria. Constantemente estoy notando lo que seguramente tú también: que la soledad no es que no tengas personas a tu alrededor sino sentir que no conectas con nadie, que nadie piensa en ti, que no te ven. Lo delicado del asunto es que esto nos duele: entristece, enferma, deprime, desubica y disminuye las ganas de vivir. 

Y es que lo sabemos de sobra: para el ser humano, la vida en aislamiento pierde el sentido. Es un tema tan trascendente que quiero que nos ocupemos desde ya. 

¿Por qué lo hablo acá, entre nosotros? Te lo cuento al final. Vamos.

Primero, no nos nutren las relaciones superficiales que no cubren la necesidad de intimidad emocional, mental o espiritual. Tampoco las interacciones casi exclusivamente virtuales que eliminan el cara a cara, ni vivir en grupos que priorizan el éxito individual por encima de los logros comunitarios. Lo que nos mantiene superficiales es el miedo a mostrarnos vulnerables, dejándonos en total soledad en los momentos más desafiantes: las crisis de vida y los logros o grandes éxitos.

Luego, ese mito de que la soledad es solo cosa de ancianos ya quedó en el pasado. Hoy, los que más la sufren en carne propia -dicen los estudios-  son los jóvenes de 18 a 25 años; pero no son los únicos. Y ojo, sentirse así no te hace un bicho raro ni significa que tengas un problema para socializar. En realidad, es una señal biológica tan normal como el hambre, una señal del cuerpo que te avisa que necesitas humanos.

Y acá es donde nos toca mirar de frente nuestro rol como personas adultas conscientes. Sabemos que, también, somos el contexto y la contención de los más pequeños. Por eso me pregunto: ¿pensaste en cómo viven los niños, niñas y los bebés la soledad? Porque  la sufren como un dolor físico, biológico y como un peligro inminente de supervivencia. Al no tener recursos para procesarla o pedir ayuda, activan sistemas de alerta drásticos. En los bebés, la ausencia de contacto nutritivo o, mejor nombrado, apego seguro —la falta de contacto piel con piel, miradas respetuosas, juego, sueño reparador o alimento a tiempo— hace que se depriman, dejen de crecer, entren en apatía y se rindan. Los niños/as más grandecitos la sufren en casa como una soledad social o emocional frente a madres y padres presentes pero desconectados y con baja empatía. Para ellos el concluir que el problema son ellos es fácil. Sienten que no son ‘suficientemente buenos’… o lanzan gritos de auxilio visibles: vuelven a mojar la cama, se chupan el dedo, arrastran las palabras, muestran timidez extrema o desatan berrinches desmedidos. Y es que, claro, para el cerebro de un niño o niña, el castigo o el enojo siempre es mejor que la indiferencia total de sentirse excluido/a mientras busca encajar.

Entonces, lo que sí nutre y eleva es la calidad de nuestra presencia a cualquier edad, desde que somos pequeños/as hasta la adultez. Un solo vínculo con quien hablar abiertamente y con confianza ya reduce el sentimiento de soledad de manera drástica. Pero ojo: construir esa presencia no significa negociar quiénes somos ni mendigar atención por miedo a estar solos. Ahí es donde activar nuestra soberanía: el poder de elegir con quién resonamos y cómo nos cuidamos.

Nacemos diseñados/as para la conexión que enciende nuestra energía vital y sexual, que no es más que esa fuerza creativa que nos conecta con el disfrute de estar vivos, con el deseo de compartirnos y de expandirnos con otros sin perder nuestro eje.

De eso se trata ser parte de esta comunidad. 

Entonces, es por esto que lo hablo acá, entre nosotros. Para que tengamos este tema sobre nuestra mesa. Porque este espacio está abierto para ser mutuamente esa comunidad consciente, empática y nutridora que tanto bien nos hace. Un lugar seguro donde activar nuestra soberanía, regenerar nuestra energía vital y vincularnos desde la verdad y el disfrute, sin miedo a ser juzgados.

Te invito a que te sigas quedando.

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