Sexualidad, cuerpo y la energía que sostiene la vida.

(una conversación que me lo volvió a recordar)

Hace unos días, hablando con mi hija Chiara, surgió una de esas conversaciones que parecen simples y después se quedan resonando. Ella tiene 19 años, está explorando su manera de estar en el mundo, y en un momento me dijo algo así como:

“Mamá, a veces siento que hago todo bien… pero estoy cansada igual”.

No estabamos hablando de sexo. Ni de relaciones. Ni de nada que solemos asociar con la palabra sexualidad. Y sin embargo, eso era exactamente de lo que estábamos hablando.

Ahí me di cuenta, una vez más, de cuán reducido está aún ese concepto. Y es que cuando hablo de sexualidad, no hablo de erotismo ni de técnicas. Hablo de la energía de vida en movimiento. De la fuerza que impulsó la encarnación, sostuvo la gestación y organizó el cuerpo célula por célula. Antes de ser deseo adulto, fue impulso vital. Ganas de ser parte de esta existencia, de estar aquí.

Esa energía no aparece en la adolescencia ni se “activa” solo en lo íntimo. Está presente desde el inicio. Es la que nos empuja a crear, a vincularnos, a disfrutar, a sostener lo que construimos. Y también la que, cuando se desconecta, deja señales claras: cansancio persistente, ansiedad crónica, rigidez, dificultad para disfrutar o para recibir lo bueno que llega.

Escuchando a Chiara, me vino una pregunta que me aparece seguido:
¿y si muchos de los bloqueos que vivimos no fueran emocionales ni mentales, sino una energía vital agotada o desconectada del cuerpo?

Muchas personas —adultas, responsables, conscientes— intentan solucionar esto exigiéndose más. Más control. Más voluntad autoimpuesta. Más productividad. Incluso más espiritualidad, pero olvidándose del cuerpo. Esto funciona un tiempo. Después, algo vuelve a apagarse. Es parecido a vivir a base de café. ¿Te mantiene despierto, enfocada, productivo? Sí, un rato. Pero sobreestimula, no nutre, no repara, se agota. Cuando el efecto pasa, el cansancio vuelve, porque el cuerpo nunca fue atendido.

Lo que intento transmitir, y también practicar, es otra cosa más simple.

Regularse conectando, pausar sin evadir y activar sin forzar.

El cuerpo fue el primer territorio donde la conciencia se organizó. Allí vive la memoria del origen primal que integró: cómo es ser sostenido, cómo es recibir, cómo es expandirse o contraerse primero para sobrevivir, después para existir. Y cuando esa energía vital vuelve a circular con fluidez y coherencia, las experiencias de la vida se acomodan, se cultivan, se aprecian.

La sexualidad entendida como energía de vida deja de ser reducida al rendimiento, al deseo sexual, a la sobreexcitación y descarga. Pasa a sostener la vida cotidiana. Te permite permanecer plenamente en tu existencia. Te da energía para estar, para sentir, para elegir, para disfrutar sin forzar. Devuelve la disponibilidad interna. Y desde ahí cambian tus decisiones, tus vínculos, tu relación con tu ocupación,con el dinero y con la intimidad.

La energía de vida no quiere picos intermitentes, busca continuidad, ritmo, consonancia, acoplamiento. Dejarla fluir permite que la vida no se sienta como una carrera ni como una carga, sino como un territorio en el que se puede estar y disfrutar con liviana integridad, sin agotarse.

Esto es posible.

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