El niño, la niña, que te descoloca
no es un problema — está señalando el camino.
El niño, la niña, que te descoloca no es un problema — está señalando el camino.
Cuando un niño parece raro, intenso, demasiado sensible o da la sensación de entender la vida antes que tú, no hay una falla. Hay una frecuencia distinta. Una forma de conciencia que todavía no se ha adaptado del todo a este mundo adulto y -digámoslo- obsoleto de muchas formas. Por eso, su presencia no viene a corregirse pues viene a mostrar algo. No en el niño, sino en el sistema que lo rodea.
Reconozcámoslo: hay niños y niñas cuya forma de estar en el mundo nos descoloca un poco. Son más lúcidos, más perceptivos, más rápidos para leer lo que no se dice, como si todavía no hubieran cerrado ciertos registros internos, canales de comunicación, o dimensiones, que nosotros aprendimos a apagar.
A veces nos parece que nacieron sabiendo. Como si trajeran un manual interno que nosotros nunca leímos. Como si trajeran un saber interno que no viene de la experiencia aprendida, sino de otro lugar. Entonces aparece la pregunta automática: “¿Qué le pasa?”. Esa pregunta, heredada de un paradigma antiguo, suele estar mal formulada. Porque no es que a ellos les pase algo. Lo que sucede es que muchas de las estructuras con las que intentamos criarlos quedaron viejas -hace rato. Y cuando el entorno no acompaña, la sensibilidad empieza a leerse como “problema”.
Estos niños y niñas no están hechos para encajar en moldes rígidos. No es que no quieran concentrarse: es que su atención sigue el flujo natural de la vida. No es que sean desobedientes: es que perciben el impacto energético de cada palabra, no solo emocionalmente, sino a un nivel más profundo de información. No es que sean demasiado intensos: es que su sistema nervioso registra más capas o sentidos de realidad, o simplemente, otras realidades.
Lo que estabiliza su mundo, por supuesto, no es el control, sino la coherencia: naturaleza, movimiento, color, música, contacto, libertad con límites claros, postura y presencia adulta real. No perfecta. Presente.
Tu eres su campo de coherencia y regulación, su contexto de bienestar, no su programador; eres el entorno donde esa conciencia en desarrollo hecha niño/a puede sentirse segura para vivir su experiencia.
Estos niños y niñas no vienen a seguir nuestras reglas. Vienen a despertar, incluso sin saberlo de manera consciente,por empezar, de la crianza tradicional que dirigía, para marcarnos el camino hacia la crianza consciente y positiva que acompaña el desarrollo más libre. Y ahí aparece la pregunta incomodante, pero ordenadora: ¿qué estructura necesitamos transformar para que nuestro hijo o hija pueda desplegar su potencial? ¿La dinámica familiar? ¿Tu propio ritmo de vida? ¿La escuela? ¿Tu idea de orden, obediencia o éxito? Porque ellos no vienen a adaptarse.Vienen a activar en nosotros una forma más amplia de conciencia, más sensible y más amorosa.
En lugar de preguntarte “¿qué le pasa a mi hijo/a?”, prueba con otra pregunta:
¿qué despierta en mí gracias a él o ella?
“Tu hijo o hija es una presencia valiosa que se ofrece para crear nuevo orden por dentro y por fuera en todo su entorno, empezando por ti. Si te fijas, sus pedidos y acciones, te invitan a más intuición y sensibilidad. A su forma, te piden afinar tu presencia y expandir tu conciencia. No enseñan porque sepan más, sino porque te devuelven hacia ti.
¿Qué te ayuda a acompañar este desafío de despertar a su lado? Solo necesitas más sensibilidad disponible, más intuición activa y la disposición a escuchar más allá de las palabras. Estos niños y niñas no piden manuales. Piden personas adultas conectadas, sensibles y despiertas. Piden coherencia, no perfección. Libertad para ver el orden en el caos. Presencia pero sin sacrificio. Tú eres el puente hacia un nuevo camino que ellos/as ya están marcando y abriendo.
Si sientes que un niño o niña —o incluso tu niño/a interior— están activando algo que todavía no sabes cómo nombrar, puedes entrar a la comunidad gratuita de Acción Evolucionaria y empezar a compartir con otras personas que también están aprendiendo a escuchar estos lenguajes sensibles que no siempre se traducen en palabras, pero sí en intención, cuerpo, vínculo y presencia. No para “saber educarlos”, sino para aprender a escuchar y estar presentes de nuevas maneras.


